Thursday 31 may 2012
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Las películas de contenido social son ahora, seguramente, más necesarias que nunca. A mí me admira a estas alturas cómo películas como
esta Profesor Lazhar o la también reciente (y aquí comentada) Las nieves del Kilimanjaro han logrado hacerse un hueco en la distribución y la cartelera entre tantos superhéroes
de cómic, comedias tontas de Jennifer Aniston o Katherine Heigl y tantos megaproductos hollywoodienses destinados a un disfrute tan rápido como su posterior olvido. Profesor
Lazhar se ocupa, claro, de la educación (muy oportuna, por tanto) y habla de una clase de un
colegio de Montreal traumatizada por un amargo suceso. El que será nuevo profesor de estos niños, un refugiado argelino, tendrá que lidiar con los problemas de sus alumnos, con las impertinencias
de algunos padres y con la incomprensión de sus superiores. Quien trabaje en la enseñanza seguro que sabe de lo que hablo. Es impagable, por ejemplo, la declaración que hace un profesor de dicho
centro cuando proclama que "tratamos a los niños como si fueran residuos radiactivos" (dada su hiperprotección) o cuando unos padres le dicen al protagonista, Lazhar, que se limite a transmitir
conocimientos a su hija, no a enseñarle valores. El guión de esta película, escrita y dirigida por Philippe Falardeau, es magistral, muy sencillo, muy sutil, muy inteligente. Los actores también
fantásticos, especialmente Mohamed Fellag, quien da vida al propio Lazhar. Junto a Hoy empieza todo y La clase quizá sea este film uno de los mejores que trata sobre la educación
en las últimas décadas. Da gusto disfrutar de un cine no sólo social, sino real, una vez más con personajes que están vivos y a los que dan ganas de abrazar o al menos, de darles una palmadita de
ánimo en el hombro.
Por Ramón Luque
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Friday 18 may 2012
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Se lleva hablando mucho de Box Office Poison, cómic de Alex Robinson titulado en España Malas Ventas y editado por
Astiberri. Así que este post sólo añadirá poco más a lo que ya se ha dicho de él (especialmente en Internet): muy premiado, muy reconocido, muy lúcido y divertido. En cuanto a la forma, no soy un
experto crítico de cómics ni de dibujo y siempre valoro por encima de todo la historia y la creación de personajes. Robinson, sin ser pretencioso y manteniendo cierta frescura, es ambicioso e
inteligente. Su historia (una larga novela gráfica de seiscientas páginas) trata sobre la vida de jóvenes que se buscan la vida como pueden en Nueva York: uno quiere ser escritor y sobrevive de
dependiente en una librería, otros dos son dibujantes de cómics en busca del éxito, otra es reportera en una revista cultural...De fondo, el mundo del cómic: los que se buscan la vida y los que
se la han dejado en ese mundillo. Hay una historia que atraviesa toda la novela que es la de Irving Flavor, un viejo patético y miserable dibujante, creador de un superhéroe que triunfa en los
cómics y en el cine, sin reportarle a él ningún dólar ya que vendió los derechos en los años cuarenta por cuatro perras. Robinson escribe un cómic sobre el cómic, sobre los retos de los jóvenes
ante el llamado octavo arte, sobre las traiciones que han sufrido los veteranos y también sobre las distintas caras de este oficio: los frikis de los superhéroes, las industrias y el márketing de
este mundillo, los cómics más "literarios" que ofrecen una visión personal del autor (como sucede en la propia Malas ventas), los cómics biográficos, las obsesiones por lograr un nuevo y
admirable superhéroe y especialmente, ese malentendido/ignorancia según el cual, los cómics son para los niños y los anclados en la adolescencia. ¿Alguien cree que maravillas como Maus,
Persépolis, Palestina, o las obras de Posy Simmonds, Adrián Tomine o Lewis Trondheim son para niños? No, son auténtica literatura y muchos lo ignoran. Volviendo a Malas Ventas, hay
quien dice que las peripecias y sus personajes les recuerda a la serie Friends. Es verdad, sólo que aquí encontramos una desesperación vital, una angustia y cierto laconismo que elevan
la ambición artística de esta obra maestra, tan grande como modesta.
Por Ramón Luque
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Friday 11 may 2012
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Lo primero, claro, es no confundir esta reciente película francesa ni con la novela de Ernest Hemingway ni con su adaptación al cine en
los años cincuenta. Aquí no encontramos a Gregory Peck ni a Ava Gardner sino a los habituales actores del director Robert Guédiguian: Jean-Pierre Darrousin y Ariane Ascaride. Y no estamos ante
una trama de amor, guerra y aventuras (¿o a lo mejor sí?) sino ante una de las tradicionales tramas sociales a las que este realizador es tan fiel. Parece que esta vez Guédiguian ha hecho la
película perfecta en el momento oportuno. Creo que es uno de sus films más cercanos y emotivos, sencillo en su planteamiento y magistral como siempre en la dirección de unos actores naturalistas
y maravillosos (y que siempre son los mismos en sus películas). El escenario habitual también se repite: la ciudad de Marsella, la Marsella obrera, urbana, dura y sucia. Aquí florece el amor, la
amistad, la solidaridad, el compañerismo, pero también la incomunicación, la rabia y el delito. Darrousin interpreta a un veterano trabajador y lider sindical que consigue pactar un acuerdo con
su empresa, un acuerdo que implica dolorosos despidos a los que él mismo se acoge. Es un hombre bueno, cumplidor, solidario, hasta un héroe. Pero la vida le demuestra que nunca puede estar
tranquilo del todo, que siempre tendrá una misión. En estos tiempos de crisis, esta película podría contener un mensaje de solidaridad y una reflexión profunda sobre lo que nos está pasando,
junto a dilemas sociales y éticos que nos darán que pensar. Y es así, desde luego. Sin embargo, creo que lo más importante es que Guédiguian ha firmado una película que conmueve sinceramente al
espectador con unos personajes tan sencillos como admirables: apasionados y tranquilos a la vez, sinceros pero irónicos y socarrones, bienintencionados y encantadores. La película es puro cine y
pura vida.
Por Ramón Luque
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Thursday 19 april 2012
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Ya que es mi blog (cómo reza el título) me permito hacer un poco de terapia intelectual: estoy interesado en el cine, desde siempre y trato de no equivocarme en ese acercamiento, de ahí que
muchas veces precisamente me equivoque más de lo necesario, al meterme en todo tipo de caminos. Lo intenté de jovencito con la cinefilia mitomaníaca (en la que muchos se han instalado felizmente
y a los que envidio). Luego me metí con la teoria, pero no con una teoría rígida sino inclusiva y multidisciplinar, casi periodística, cuando abordé la obra de Woody Allen en mis libros sobre
este director. Luego la deriva de los estudios sobre directores me ha llevado a alejarme cada vez más de lo académico y, pasando por un ensayo desenfadado sobre Bergman, estoy a punto de
desembocar en un experimento literario sobre Hitchcock (que pronto me publicarán mis amigos de la editorial Ocho y Medio). Me alejo de todo, de los estudios de Deleuze sobre el cine, de Bazin, de
los teóricos pasados y actuales (en el fondo muchos nunca me convencieron por su afán por definir y encajonar dentro del lenguaje escrito). Y para colmo se me ocurre meterme a director
cinematográfico semiamateur (junto al compañero Juanjo Domínguez, otro profesor-investigador loco) realizando un par de largometrajes ultraindependientes y descacharrantes (que son raros pero a
los que quiero como a unos hijos). Ahora trabajo en un par de guiones que pienso dirigir y, si todo va bien, volveremos a rodar en el 2013 (con dinero, sin dinero o con lo puesto), a ver qué
pasa. Intentaba conciliar teoría y práctica, y me he acabado metiendo en un laberinto que, después de todo, es bastante lógico: la teoría es lo razonable (incluso a efectos de supervivencia
académica) y la práctica es lo instintivo (placentero y doloroso: quien ha participado en un rodaje sabe de lo que hablo). A todo esto, de telón de fondo, una crisis económica brutal que obliga a
muchos a despreciar la cultura y la creación, cosas que considero fundamentales para la vida y más ahora, cuando ésta se vuelve más compleja que nunca. En estos laberintos me encuentro y doy
gracias porque la verdad es que esto me hace feliz.
Por Ramón Luque
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Saturday 14 april 2012
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19:07
En el Teatro Real de Madrid pude disfrutar de algo que en el programa de mano que me dieron definían como "Obra de arte del futuro". Hombre, no
sé...Pero desde luego, lo que allí presencié estaba a la altura de cuatro maestros como Marina Abramovic, Willem Defoe, Antony y Robert Wilson. La artista, el actor, el cantante y el
dramaturgo son los cuatro pilares de La Vida y Muerte de Marina Abramovic, una mezcolanza de espectáculo musical, performance, teatro, y ópera que funciona como una biografía-cronología
interior de la artista serbia. Al principio asistimos a su atormentada infancia y a sus relaciones con su sádica madre, algunos episodios tenebrosos de su vida familiar, adolescencia,
experiencias en el arte y la relación con el amor de su vida, el artista Ulay. La misma Abramovic se interpreta a sí misma, en un espectáculo que supone un ajuste de cuentas con su vida plagada
de dolor y sufrimiento (también de fama y reconocimiento). La performer mítica que impresionaba autolesionándose en público, intenta expresarse ahora de forma más íntima, menos directa y quizá
más narrativa. Junto a ella, como maestro de ceremonias-narrador-coro y mil cosas más, el actor norteamericano Willem Dafoe (en la foto), que lleva el peso de todo y da una auténtica lección como
veterano y talentoso profesional que es. El espectáculo une musicalmente canciones folclóricas serbias con la voz increíble de Antony (ese Falete anglosajon y gótico, el de Antony & The
Jonhsons) quien, aunque a veces aparece como un pegote en toda la trama y la escenografia, consigue hipnotizar con sus maravillosas composiciones. La dirección corrió a cargo de Wilson, quien no
es que innove mucho, pero sabe coordinar a la perfección todos los talentos (incluidos bailarines serbios y perros olisqueantes). El diseño de vestuario, los escenarios, las coreografías...todo
lo que vemos en el escenario resulta sorprendente e inmensamente bello, como ilustración de una vida y también como ensoñación. Se consiguen imágenes muy potentes y perdurables en la memoria. No
sé si La Vida y Muerte de Marina Abramovic será la obra de arte del futuro, pero sin duda es una grandísima obra de arte.
Por Ramón Luque
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