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RAMÓN LUQUE: MI BLOG

HOPPER EN EL THYSSEN

22 Agosto 2012, 12:03pm

Publicado por Ramón Luque

hopper.hotelroom_med.jpgCon la exposición de Hopper en el Museo Thyssen y con la del "último Rafael" en el Prado, Madrid se ha convertido este verano en la capital europea del arte, tal y como ya se ha reflejado en los medios de comunicación. Lo de ir a contemplar los cuadros del pintor norteamericano es ya una cita literalmente ineludible. El otro día escuchaba una entrevista en la radio a dos comisarias de arte y le preguntaban por recomendaciones artísticas de este verano "más allá de Hopper" y ellas contestaban: "es que la de Hopper está muy bien". Exacto: está muy bien y ha conseguido esa extraña cuadratura del círculo que supone que un evento artístico sea a la vez, fenómeno de masas. Hopper refleja un momento de soledad, o de contemplación: es el embelesamiento de la rutina, el aburrimiento o el tedio elevado a la categoría de arte. Una mujer sola en una habitación mirando por la ventana, una escena pueril y rutinaria en una oficina, un paisaje urbano y solitario, una gasolinera algo sórdida...ése es el mundo de Hopper. ¿Por qué fascina tanto? Yo diría que, desgraciadamente, fascina por identificación. El ser humano se ve reflejado en esos momentos de tedio y de desolación. Esto no es nuevo. Hopper murió en los años sesenta y, en aquella época (y años atrás) destacaba también una literatura (Cheever, Yates, más tarde Carver) que reflejaba esa falta de espíritu, ese cansancio, ese momento de reflexión o de completa indefensión: atrapado siempre en la soledad (ya sea en una desolada habitación o en un hogar familiar cuyos miembros no se comunican). Para entendernos: Hopper no era la alegría de la huerta, precisamente. Y sin embargo fascina. Fascina igual que nos fascina una serie de televisión como Mad Men, crónica de seres absolutamente perdidos, que están de buen ver, pero que se hayan espiritualmente rotos y desvalidos por dentro. Está bien esto de admirar, reflexionar acerca de la condición humana, su soledad..etc Pero pienso que se nos ha ido un poco la mano. Me refiero a que, a la salida de la exposición de Hopper, la venta de sombreros idénticos a los que utilizaba el pintor, evidenciaba el inevitable márketing. Es lo mismo que fascinarse por el vestuario y la belleza física de Don Draper, por ejemplo. No podemos reducir una honesta reflexión a una fascinación total por unos mundos que, nos pongamos como nos pongamos, son sórdidos y que reflejan una profunda, profundísima infelicidad. Hopper me ha gustado muchísimo, pero me atraen más los artistas alegres, o, por lo menos, los que luchan contra la insignificancia, los que aún creen en cierto tipo de grandeza.

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